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Crónica de una noche anunciada

Octubre 3, 2008

Despues de unos días, meses, unas semanas o unas horas, el tiempo trajo las olas. Las olas trajeron la resaca. Y la resaca trajo jaqueca y sequedad bucal. El vaivén del mar era parecido al del vagón del metro la noche anterior cuando volvía a casa. Recordaba vagamente haberse sentado en uno de los muchos asientos que estaban libres, a una distancia prudente de los demás viajeros, para evitar que pudieran darse cuenta de su estado. Tenía los ojos hinchados y rojos por el llanto, le temblaba el cuerpo, a pesar de que la temperatura era bastante agradable para esa época del año, y su boca estaba abierta en lo que parecía la más estúpida de las sonrisas. Había salido con 10 euros, un paquete de tabaco y las llaves en el bolso; como siempre, sus amigas no habían dejado de hablar con la gente que hacía cola (“sí, sí, somos de Madrid”; “no, nunca hemos estado en este garito”, y un sinfín de típicos-tópicos más) y después de pagar una cantidad abusiva para entrar, se había dedicado a observar el ambiente. La gente se agitaba al ritmo de la música, volcando copas y pisando cristales. No sabía muy bien cómo había sucedido todo. Si se esforzaba, le venían a la mente un par de frases: “Tía, me salgo fuera a tomar el aire”, “cuídame el bolso”. Maldijo su suerte por haber dejado el tabaco dentro cuando él le pidió un cigarro, y volvió a maldecir cuando se acercó para pedirle fuego. Después de una hora hablando, pensó que no recordaba haberse sentido así en mucho tiempo. Le dió su móvil y salió corriendo. En el metro la gente no había dejado de observarla: tenía los ojos hinchados y rojos por el llanto, le temblaba el cuerpo, a pesar de que la temperatura era bastante agradable para esa época del año, y su boca estaba abierta en lo que parecía la más estúpida de las sonrisas. Ahora maldijo otra vez, esta vez en voz alta. No lo podía creer, lo único que recordaba con claridad de la noche anterior era el color de sus ojos y su sonrisa esquiva.

Tranquila

Agosto 25, 2008

Para Valival.

Tranquila,

los días son cada vez más cortos

y las noches más largas.

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Te quedan aún

horas que desnudar

cuerpos que comer

y sábanas que quemar.

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Disfruta serena,

del tiempo,

de la lengua

y las lenguas.

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Para la próxima ronda,

coseré el agujero del bolsillo,

nos arrastraremos por las calles

pronto oscuras de Madrid.

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Ya no tengo nada que mostrarte

y aprendí mi lección:

cerchas, viguetas y cubiertas.

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Ahora tengo mi tarjeta de embarque,

una pulsera de papel amarilla,

un mensaje en el móvil

y un recuerdo en la parada de un tranvía.

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Tranquila,

los días son cada vez más cortos,

las noches más largas,

nuestra distancia estrecha

y los secretos secretos,

amiga.

Cherchez la femme

Agosto 23, 2008

A él, extraño desconocido que

espera sentado en el borde de la acera,

le corresponde mover.

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(Es difícil escribir

cuando Xoel López

martillea canciones sin

sentido)

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A él, extraño desconocido,

reconocido una y mil veces

en el tablero, junto al dado

que son las últimas horas de la tarde.

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(No cuesta tanto escribir

cuando piensa en el tiempo,

el espacio, la relatividad

y el juego de luces en el jardín)

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A él, el extraño desconocido

le toca cambiar de casilla.

comer una ficha

o cantar algo de los Beatles.

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No puede dejar de mirar.

(Morderse los labios,

sonreir nervioso

y buscarla entre la gente sin éxito

nunca funcionó)

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Cherchez la femme, imbécil.

Cherchez la femme.

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Lo dijo James Ellroy:

no habrá Dalias Negras para él.

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Ni ahora ni nunca.