Posts Tagged ‘taller de escritura’

Ejercicio #2. Crear personajes

Julio 12, 2008

FASHION VICTIM

Llevaba tres años sin dormir, desde los diecisiete. Ahora, con veinte años, ya no recordaba lo que era dormir por el simple placer de hacerlo, dormir a pierna suelta, sin despertador, con la persiana hasta abajo y el móvil desconectado. Bueno, si se paraba a pensarlo, en realidad tampoco recordaba lo que era apagar el teléfono desde entonces. Desde que aquel tipo –Mario Secada, de profesión cazatalentos y de oficio putero- la vió en la boca del metro de Gran Vía, su vida había cambiado por completo.

La suya no era la típica historia de niña de pueblo que descubre su madurez en la gran ciudad y su cosmopolitismo abruma con el paso del tiempo a sus familiares, quienes ocupados con sus rutinas rurales, presumen de nieta, ahijada, prima, en la partida de mus del hogar los domingos por la tarde. No los había sacado de la pobreza; el piso en el que pasó su infancia tenía vistas al Retiro, balconadas antiguas de hierro forjado, parquet y techos de más de dos metros de altura. Elina se había criado con su niñera; desde que tenía uso de razón, la «chica», como le gustaba a su madre llamarla, la había llevado al colegio, curado las costras de las rodillas, preparado los bocadillos de nocilla y arropado cada noche antes de irse a dormir.

Cuando Mario le consiguió aquel contrato, «privilegiado» según todos, con la agencia de modelos no se lo pensó dos veces, era una buena manera de escapar del tedio del Barrio de Salamanca: viajes semanales, hoteles caros, cenas en lofts, reuniones con actores, diseñadores, y una larga lista de contactos en la agenda de la que más de uno tendría envidia.

A Elina le gustaban los modelos, aunque no había llegado a tener nada serio con ninguno, ella sabía que era por su cuerpo: por más que intentaba controlarse con la comida no conseguía bajar de la talla 36. Sus compañeras la miraban con asco cuando declinaba cigarillos, cafés, y aquellas pastillitas «inocuas» que hacían la mayoría de las veces de comida y cena de las chicas. Ella tenía sus propios trucos, sabía que no podía bajar de 1.000 calorías al día, por eso mismo se buscó sus propias píldoras. Comería más que ellas, pero no dormía, aprovechaba esas horas para bajar al gimnasio del hotel donde esos días estuviera alojada. Todos eran iguales: paredes de cristal esmeriladas, máquinas de acero de más de 12.000 euros, toallas secas, blancas, mullidas y botellas de agua mineral de vidrio. Conocía los pasillos mejor que las láminas sueltas del parquet de su casa que esquivaba cuando, con catorce años, llegaba tarde y se metía con sigilo en la cama.

Elina llevaba años sin dormir. No recordaba lo que era descansar, no es que le preocupase mucho, pero últimamente las articulaciones le fallaban. En la última semana de la moda importante, cierto diseñador se había negado a contratarla porque sus uñas se habían empezado a quebrar y su pelo ya no tenía ni el brillo ni el volumen de antes. Aparte de esto, estaba el asunto de los temblores y los tics. Desde hacía más de dos meses, no había mañana que no se tuviese que repetir el proceso de maquillarse varias veces, por más que se agarraba una mano con la otra, su pulso ya no era capaz de trazar la línea en el párpado.

La noche anterior, cuando subía del gimnasio y se cepillaba los dientes con fuerza como siempre, se le había caído un premolar. Esperaba que Mario no se diese cuenta: dentro de dos días tenía una sesión de fotos en Nueva York y no podía dejar pasar otra oportunidad así.

Ejercicio #1. Escritura libre

Julio 4, 2008

PAPIROFLEXIA

He intentado escribir una historia muy buena, luego una buena, después una decente y más tarde una historia, a secas. Me he dado cuenta de que no funciona, así que me limito a escribir una de mis historias, una de un rey y su barco:

 Un rey tenía todo lo que se pueda desear: tenía una preciosa corona, un majestuoso palacio y un gran reino. Era dueño y señor de un gran número de tierras y siervos, pero echaba algo en falta. Un buen día decidió dejarlo todo, se montó en su barco y salió a navegar. Pasaron semanas y su velero encalló en un playa, el rey buscó refugio en vano, durmió bajo las estrellas y …, bueno, no soy capaz de recordar como seguía el cuento.

 

No importa porque lo fundamental no es eso sino el brillo de tus ojos en aquella esquina, sentado en la acera con las piernas cruzadas, la chaqueta colgando del hombro y la lengua lenta y densa. El color en las mejillas al mirarme y la sonrisa cuando subías la cuesta conmigo de la mano. Lo importante no es el hecho de que no recordases qué venía después, o que confundieses el orden de los elementos, lo fascinante es el esfuerzo que habías hecho durante horas aprendiendo papiroflexia para sorprenderme con eso a las cinco de la mañana, borrachos y oscilantes, apoyados en la pared; el esmero con el que habías doblado el papel y lo habías metido en el bolsillo, esperando el momento adecuado.

 

Hoy he abierto el cuaderno amarillo, el que uso para escribir y, buscando una forma de perder el tiempo hasta que la inspiración llegase, me he puesto a hojear empezando por el final. Allí, entre las dos últimas hojas, ha aparecido el pequeño rectángulo blanco, ligeramente azulado por la tinta de tus vaqueros, doblado y doblado mil veces. También he encontrado el corazón que me trajiste el día que estuve enferma, hecho con la servilleta llena de grasa de un bar, el poema que escribí cuando te fuiste de la cama entre gritos, y la lista de fobias que hicimos aquella noche que un apagón de tres horas nos obligó a sentarnos desnudos en la cama quietos, fumando y jugando a inventar nombres de animales imaginarios: cocoriquita (cocodrilo-mariquita), canguerro (canguro-perro) y pingüilla (pingüino-ardilla).

 

Mientras me agarraba las rodillas, me he sentado muy tiesa porque eso siempre hace que las lágrimas no se escapen cuando se me empiezan a abrir las aletas de la nariz y los ojos comienzan a picar.

 

A veces no surte efecto.