Desde la lejanía le espera. La de la cintura estrecha y el pelo de oro. Se sabe observada y se siente confiada y segura. Se mesa el cabello despreocupada, dejándolo escurrir entre los dedos y girando levemente el cuello para que la luz que entra por la ventana se refleje en él unas décimas de segundo.
Él aún no lo sabe. Es tarde y ya ha caído en la trampa. Como tantos y tantos otro cayeron en ella y en mil mujeres así. La analiza curioso cuando ríe, disfrutando del sonido en el eco de la habitación.
Ella le roza, aparentemente por descuido, al hablar.
Él sólo puede pensar en su olor, como tiembla el pulso en su cuello y la caricia de los rizos en su hombro.
Ella cuenta historias, sigue sonriendo.
Él sigue sin saber. Cree que es mejor así y que nada malo puede pasar.
Ella extiende sus redes y disfruta con su juego.
Él está perdido. Son las mujeres así a las que otras envidian y todos desean. Esas que tienen “algo” y no son conscientes de ello. Las increíblemente especiales.
Ella, tranquila, reposa ahora y estudia la situación.
Él no es consciente de que está en la línea de fuego. Un disparo y fuera.
Otra vendrá a enterrar los restos.





