Hoy mi cara sale en la mayoría de los periódicos. Soy la más buscada. WANTED. Bueno, yo y mis compañeros en esto. Y ella. Por supuesto. Ella fue la que lo inició todo y ya hace veintidós años que comenzó. Algunos dicen que empezó a finales de enero de 2009. La verdad no es esa. La revolución comenzó en Santiago. Jueves, 19 de febrero de 1987.
Años más tarde, la gente sale a manifestarse a las calles, en grupos de dos y haciendo el amor. También: follando en los servicios de las discotecas. En la radio no dejan de emitir aquel comunicado:
Se ruega a la población que permanezcan en sus casas y eviten, en la medida de lo posible, los barrios céntricos de la capital. No olviden que ellos vagan por las calles. No sabemos si van armados, pero son peligrosos. Una es incluso capaz de doblar el continuo Malasaña-tiempo, el continuo Huertas-tiempo y todas las curvas que separan Cuatro Caminos y su agujero del amor de Guzmán el Bueno en menos de diez minutos.
Yo no tengo miedo, aún no, ni ganas de quedarme aquí. No me importa que hoy en día yo y los míos estemos perseguidos por ley. Tengo que abandonar mi hogar, por eso he hecho este inventario de cosas que no puedo olvidar antes de salir. Ahora no recuerdo exactamente cuáles son mías y cuáles no, porque en algún momento aprendí que lo mío es suyo y lo suyo es suyo. Bueno, mejor meto cosas para las dos. Espero que mi bolso sea lo suficientemente grande:
- Móvil, para poner la alarma del día siguiente mientras aún estamos en el metro.
-Un bote de colacao, por si dormimos en casa de alguien y no tiene.
-Un libro de relatos de Raymond Carver.
-Entradas para conciertos del próximo mes: ocho al menos.
-Camiseta de Los Ramones.
-Foto de Calamaro.
-Llavero de Agag.
-Esmalte de uñas azul.
-El papel donde apunté el sueño aquél en el que Christina Rosenvinge nos perseguía y yo estaba tan asustada que lloraba sin descanso y ella tiraba de mí sin cansarse.
-La libreta con las páginas crujientes y pegadas por los restos de Four Roses.
-El documental I’m your man de Cohen.
-Mi nuevo DNI, donde se lee Berlín como primer nombre y Meine Liebe como apellidos. No lo leo bien, puede que en realidad ponga mainefliebe.
-Una vaca azul y amarilla.
-Un par de Converse viejas.
-Un bocata para el camino: queso y anchoas.
-Una lista de nombres de hombres que me regaló con mucho amor.
-Un par de planes nuevos para cada día de la semana. Importante: llevar bolígrafo para poder cambiarlos cada cinco minutos.
-Una módem inalámbrico, tenemos que conectarnos a internet cada día a las 08:55 aproximadamente. Hay que pasar lista y comprobar que todo está en orden.
–Los textos que le dediqué, los que ella me leyó, aquél que nos escribieron a dúo por ser las chicas más guapas de la ciudad.
Sé que cuando esto acabe nos reuniremos en los aeropuertos. Salgo de casa, vuelo, salto los escalones de tres en tres y estoy a punto de tropezar. Son las ocho y media y llego un minuto tarde, mierda. No importa, ella siempre llega después. Yo mientras me enciendo un cigarro y hago fotos a la gente que pasa, giro la cabeza cada vez que alguien aparece por la boca del metro de Tribunal, por si es ella con sus orejeras negras. No llega, no importa. Suena They don’t believe, tengo un nuevo mensaje: llego diez minutos tarde. Tiro el cigarro y enciendo el segundo de los muchos que seguirán esta noche. Cambio la batería de la cámara, y sigo haciendo fotos a la gente que folla en las esquinas, a los que hacen el amor en las aceras y los portales. Es el vigésimo segundo aniversario de la revolución y todos quieren celebrar. Pienso en la primera vez que la vi: camiseta azul de Bunbury, labios y dientes morados que indicaban demasiados litros de vino y una frase hiriente. La verdad es: nadie nunca conocía a A, ella te conocía a ti primero. Puede que en algún concierto que al que había ido sola y que había visto desde el escenario, puede que en una biblioteca donde sacaba libros cada semana, o incluso puede que a través de alguna página o foro de internet. Tenía tantos amigos que le era imposible acudir a todas sus citas. Cuando lo hacía, dejaba un rastro de entradas de cine, libros de Ray Loriga, analgésicos y un ligero olor a Nenuco.
Aplasto el segundo cigarro con mi zapatilla. Aparece con la cara congestionada. Miro a nuestro alrededor, pero nadie nos persigue. Llegamos. Corremos cuesta arriba, como siempre. Antes de abrir la boca para decir hola, me ha resumido su día en menos de diez segundos, ha pedido un tercio, admirado mi belleza esa noche y contado cómo ayer un granjero la invitó a cenar en algún pequeño restaurante de Chueca. En ese tiempo yo me he peleado con mi mechero sin éxito y me he limitado a observar cómo se coloca el flequillo unas tres veces cada diez segundos y cómo se quita la chaqueta, mostrando la camiseta de algún grupo de moda. Aquí se está bien. No podrán alcanzarnos, por si acaso hemos quemado nuestra casa, llena de ejemplares de Cuore atrasados que no queremos tirar nunca, y todos los textos que me enseñó a no desechar.
Repito, aquí se está bien. No sé en qué momento llegamos a meternos en toda esta vorágine. En el ojo del huracán todo son escritores que prometen, cantantes de moda, chicos con camisas de cuadros, gafapastas con estilo, conciertos indie, conciertos pop, conciertos punk, prosa, sexo y cerveza, mucha cerveza. Supongo que empezó con aquel taller de escritura y continuó con aquellos chicos que apostaban por una nueva literatura. Querían redactar un manifiesto, yo estoy en esto, ¿y tú?. Y yo no pude negarme porque con ella nadie puede nunca. Una vez entras en su radio de acción, ves los colores de aquella manera y olvidas que hay vida más allá de la noche del domingo.
Sé que vienen a por nosotros y no tengo miedo. No demasiado. Podría decir que un poco. Pero no demasiado. Sólo esa buena sensación de vacío bajo los pies, como cuando presientes que algo va a suceder y tienes miedo de romperte en mil trozos pero a la vez sabes que puede ser más que bueno, que puede ser lo mejor que nunca te va a pasar.
Oimos ruidos, están entrando, nuestros nombres retumban en el silencio. Es el momento, ¡ahora!. La agarro de la mano y salimos corriendo.
No me arrepiento de nada. En ningún momento lo hice. Esto es sólo una parte de nuestro pequeño diario desde la clandestinidad, escrito mano a mano en cada bar y rincón de Madrid.
Últimamente fumamos mucho, comemos poco y follamos lo que nos dejan. También compartimos confesiones, cada una en nuestro colchón, en ese momento en el que los ojos se cierran y la mente vaga en una especie de limbo no consentido: A, no sé si te he contado esta cosa rara que me pasa a veces con algunas personas, manías, como si fuese una debilidad. Por eso me cae bien la gente zurda, sonrío si veo a alguien escribir al revés… …Yo te elegí por eso, ¿sabes? Adoro a las tías que beben a morro y sin miedo.




