Despues de unos días, meses, unas semanas o unas horas, el tiempo trajo las olas. Las olas trajeron la resaca. Y la resaca trajo jaqueca y sequedad bucal. El vaivén del mar era parecido al del vagón del metro la noche anterior cuando volvía a casa. Recordaba vagamente haberse sentado en uno de los muchos asientos que estaban libres, a una distancia prudente de los demás viajeros, para evitar que pudieran darse cuenta de su estado. Tenía los ojos hinchados y rojos por el llanto, le temblaba el cuerpo, a pesar de que la temperatura era bastante agradable para esa época del año, y su boca estaba abierta en lo que parecía la más estúpida de las sonrisas. Había salido con 10 euros, un paquete de tabaco y las llaves en el bolso; como siempre, sus amigas no habían dejado de hablar con la gente que hacía cola (“sí, sí, somos de Madrid”; “no, nunca hemos estado en este garito”, y un sinfín de típicos-tópicos más) y después de pagar una cantidad abusiva para entrar, se había dedicado a observar el ambiente. La gente se agitaba al ritmo de la música, volcando copas y pisando cristales. No sabía muy bien cómo había sucedido todo. Si se esforzaba, le venían a la mente un par de frases: “Tía, me salgo fuera a tomar el aire”, “cuídame el bolso”. Maldijo su suerte por haber dejado el tabaco dentro cuando él le pidió un cigarro, y volvió a maldecir cuando se acercó para pedirle fuego. Después de una hora hablando, pensó que no recordaba haberse sentido así en mucho tiempo. Le dió su móvil y salió corriendo. En el metro la gente no había dejado de observarla: tenía los ojos hinchados y rojos por el llanto, le temblaba el cuerpo, a pesar de que la temperatura era bastante agradable para esa época del año, y su boca estaba abierta en lo que parecía la más estúpida de las sonrisas. Ahora maldijo otra vez, esta vez en voz alta. No lo podía creer, lo único que recordaba con claridad de la noche anterior era el color de sus ojos y su sonrisa esquiva.
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Crónica de una noche anunciada
Octubre 3, 2008Mi habitación
Mayo 19, 2008Todo tiene cabida en mi habitación, como un baúl enorme. Ahora está llena de veranos de estudio, noches de insomnio, cigarros a medias con Eli, amaneceres con las torres Kio.
Pájaros mojados, campanadas de la iglesia, paseos por el Prado, viajes en AVE, un bocata de calamares de El Brillante en Atocha, los mimos de la Plaza Mayor, caricaturas a 10 euros, la tranquilidad del Retiro un oásis para todos en el pijo barrio de Salamanca, las terrazas en Chueca, el cartel luminoso de Schweppes en la Gran Vía, los limpiabotas en Callao, el olor a gofres del metro de Sol, los chorizos de la calle Preciados, la gente que lee novelas forradas con papel de periódico a las 8 de la mañana.
Jose y su guitarra de fondo, el teléfono de Africa que me despierta en mitad de la noche, los ruidos que hace Alex al despertarse, las obras aquí abajo: mucho, mucho ruido, ruidos de escaleras que se acaban por bajar…
Aguamarga
Mayo 19, 2008“Se desnudó y se metió en el mar. No esperaba que él entendiera lo que le pedía, así que se limitó a sentarse en la arena a esperar; al fin y al cabo tenía toda la vida. Él la abrazó y comprendió: la llamó despacio, una y mil veces, pronuciando su nombre solo para los dos…”




