De repente Valencia era Mota del Cuervo y todos los hombres que intentaron joderme en algún momento de mi vida (en el sentido sexual de la palabra), tanto los que lo hicieron como los que no, estaban ahí para joderme (en el mal sentido de la palabra). Uno vino con palabras bonitas que no me creí y cuando quise decirle que sí, que yo también, me dijo: ERA MENTIRA, MENTIRA SÍ, ERA MENTIRA, SI TE PROMETÍ QUE TE COMPRARÍA PARÍS, ERA MENTIRA. Como estaba en Valencia, Jules aparecía y me decía si quería que le pateara el culo. No hombre, no es necesario. Mejor me llevas a beber horchata.

Después otro, que no quiso ni mirarme a la cara, me mintió cuando me dijo que la parada en la que me tenía que bajar era la siguiente, y me dejó en un apeadero en mitad de la nada. Sin móvil, sin dinero, sin nada. Sólo una cámara llena de fotos de todos ellos: deformes, horribles y demasiado saturados.

Paso las noches sola. En estos pisos, si cae un alfiler puede desencadenar un tsunami en el otro lado del mundo. En Australia hay canguros que no pueden dormir por el goteo del grifo de mi baño. Cuando llega la hora de dormir y tengo que apagar las últimas luces fuera de mi habitación, me invento excusas para mirar por la ventana del salón y mentiras que me ayuden a no volver la vista atrás cuando acelero el paso por el pasillo.



