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Adios corazón

Julio 2, 2009

Deluxe era el invierno. Tercios de Estrella Galicia, libros de Bolaño a las 19.30 en el Palentino mientras esperaba a que llegase el reflejo adecuado en el espejo, entre Casto y Julian y esa tele, entonces solitaria y hoy decorada con un papel escrito a mano donde pone Gazpacho casero

Ocho y Medio era el invierno. Noches entre semana en el Wurlitzer, conciertos en la Costello, La pequeña Bety. Malasaña y Nasti, Malasaña y Bukowski, Malasaña y Lolina.

La primavera eras tú. O no eras tú. Era una amiga que brillaba al sol incluso pasadas las tres de la mañana. Y botellas de bourbon. Y domingos con literatura de baja calidad, pero divertida e intensa. La primavera eran Polaroids, llantos entre mis brazos, peleas por ver quién de las dos quería más y mi excepcional sentido de la orientación. Raves en Murcia, un kebab en la Plaza del Carmen y un tranvía a la Malvarrosa que me confesó algo que ya sabía y me hizo contar algo que no debía.

La primavera eran todos aquellos hombres que nos rompieron el corazón.

El verano son todos aquellos hombres que no podrán rompernos el corazón.

La distancia adecuada

Junio 28, 2009

Supongo que parte del problema consiste en que nunca supimos a quién echarle la culpa. Yo, siguiendo mi línea habitual de pensamiento, me culpé diez segundos después de que nos besáramos y diez minutos después de verle dormir con una paz que me sorprendía a pesar del alcohol: al fin y al cabo era su cama, pero yo era otra; él era el extranjero de Cohen y yo intentaba hacer una de las de Miss Carousel sin éxito. Primero follamos con ese ansia etílica que nos hizo creer que al día siguente no recordaríamos nada, luego vi las marcas y quise huir, pero ya era demasiado tarde porque él estaba ocupado acostándose conmigo a las once de la mañana y haciéndome el amor a las doce. Para entonces yo ya había decidido que tenía que huir, antes de que me dieran ganas de pedirle un desayuno, un café, un retrato en color o su talla de camiseta.  A partir de ahí todo empezó a torcerse y yo sigo siendo de letras pero me gustan las rectas, no las curvas y esto cada vez parecía más una hipérbola que empezaba en San Vicente Ferrer y acababa en el Dos de Mayo. Que no había noche que no pensara en hacerme la adolescente y sacar las llaves del bolsillo para grabar aquello de “estoy en tu portal planeando una atrocidad“.  Pero todo era muy maduro y civilizado: él no pensaba en mí más de tres segundos al día y yo no hablaba de él más de cinco. Todo era muy maduro, digo, muy civilizado, hasta que dejó de serlo. Dejó de ser civilizado echar de menos las fotografía analógica, la ginebra y Lavapiés, que, joder, nunca me ha gustado. Dejó de ser maduro querer arrancarle los ojos al menos una vez a la semana y la piel a bocados una vez al día. Dejó de ser cierto eso de “paso tanto que anoche me follé a un tipo en un servicio (esta vez de verdad) y no lo hice por despecho, o por soledad”. Porque si era así, que tenía los ojos demasiado claros, el pelo demasiado rubio y el ombligo poco redondo para meter la lengua con calma. Dejó de ser algo evidente eso de que teníamos fecha de caducidad y fue bastante ya. Total, seamos sinceros, no sabía nada sobre el daño que me hicieron antes y no sabía que esto no me dolía todavía, pero sí que estaba demasiado ocupado para pensar siquiera en las heridas.

Ahora no le odio, lo nuestro nunca dio para más de ocho rondas de cerveza o siete de cubatas, pero creo que el 16 de julio seguiré pensando en él con más alegría que tristeza y ya será demasiado tarde para salvarme. Por eso lo he decidido. Se acabó esta vorágine de cervezas, pizzas, insomnios, resacas de domingo por la tarde, de sabado a mediodía, dolor de cuerpo, gelocatil, ibuprofeno y anticonceptivos.

Devuélveme el gato que era mío. Si te estás preguntando de qué gato estoy hablando, me refiero a ese gato hijo de puta que me dejó los brazos llenos de arañazos cuando pasé por tu casa a tomar café a las seis de la mañana.

NERD

Febrero 18, 2009

Queríamos realidad. Todos y cada uno de nosotros. He leído el manifiesto infrarealista en periodos de treintaitres minutos (así se escribe amigos) y ayer vi la foto del conejo tantas veces que he soñado con el otro lado del espejo. La otra cara de la moneda, como dice la foto en mi Flickr. Queríamos realidad, digo. Y revolución. Y miradas en los bares. Y rondas gratis. Y días de veintiocho horas. Y sexo sin condón. Y drogas baratas. No sé si alguna vez tendremos algo de esto, pero tenemos un pacto: escribiremos nuestro propio manifiesto cada día, en servilletas de bar y lo llamaremos “Gracias por su visita“. Cuando lo leamos, ya sobrios, nos avergonzaremos y lo romperemos en mil pedazos, para poder escribirlo la noche siguiente. Exaltaremos la amistad con tanto entusiasmo que la onda expansiva reventará las marquesinas, los escaparates, las paradas de autobús y las copas de champán en Nuñez de Balboa. Queríamos realidad, digo. Quería realismo. Queríais realidad. Pues esta soy yo. Y eso es lo que hay.