Supongo que parte del problema consiste en que nunca supimos a quién echarle la culpa. Yo, siguiendo mi línea habitual de pensamiento, me culpé diez segundos después de que nos besáramos y diez minutos después de verle dormir con una paz que me sorprendía a pesar del alcohol: al fin y al cabo era su cama, pero yo era otra; él era el extranjero de Cohen y yo intentaba hacer una de las de Miss Carousel sin éxito. Primero follamos con ese ansia etílica que nos hizo creer que al día siguente no recordaríamos nada, luego vi las marcas y quise huir, pero ya era demasiado tarde porque él estaba ocupado acostándose conmigo a las once de la mañana y haciéndome el amor a las doce. Para entonces yo ya había decidido que tenía que huir, antes de que me dieran ganas de pedirle un desayuno, un café, un retrato en color o su talla de camiseta. A partir de ahí todo empezó a torcerse y yo sigo siendo de letras pero me gustan las rectas, no las curvas y esto cada vez parecía más una hipérbola que empezaba en San Vicente Ferrer y acababa en el Dos de Mayo. Que no había noche que no pensara en hacerme la adolescente y sacar las llaves del bolsillo para grabar aquello de “estoy en tu portal planeando una atrocidad“. Pero todo era muy maduro y civilizado: él no pensaba en mí más de tres segundos al día y yo no hablaba de él más de cinco. Todo era muy maduro, digo, muy civilizado, hasta que dejó de serlo. Dejó de ser civilizado echar de menos las fotografía analógica, la ginebra y Lavapiés, que, joder, nunca me ha gustado. Dejó de ser maduro querer arrancarle los ojos al menos una vez a la semana y la piel a bocados una vez al día. Dejó de ser cierto eso de “paso tanto que anoche me follé a un tipo en un servicio (esta vez de verdad) y no lo hice por despecho, o por soledad”. Porque si era así, que tenía los ojos demasiado claros, el pelo demasiado rubio y el ombligo poco redondo para meter la lengua con calma. Dejó de ser algo evidente eso de que teníamos fecha de caducidad y fue bastante ya. Total, seamos sinceros, no sabía nada sobre el daño que me hicieron antes y no sabía que esto no me dolía todavía, pero sí que estaba demasiado ocupado para pensar siquiera en las heridas.
Ahora no le odio, lo nuestro nunca dio para más de ocho rondas de cerveza o siete de cubatas, pero creo que el 16 de julio seguiré pensando en él con más alegría que tristeza y ya será demasiado tarde para salvarme. Por eso lo he decidido. Se acabó esta vorágine de cervezas, pizzas, insomnios, resacas de domingo por la tarde, de sabado a mediodía, dolor de cuerpo, gelocatil, ibuprofeno y anticonceptivos.
Devuélveme el gato que era mío. Si te estás preguntando de qué gato estoy hablando, me refiero a ese gato hijo de puta que me dejó los brazos llenos de arañazos cuando pasé por tu casa a tomar café a las seis de la mañana.