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La lluvia

Diciembre 10, 2008

Hace treinta años él sólo existía en las cartas, en las de amor y en las de póker. Era el as de picas. Sólo existía en las nubes grises del norte, era el cometa dominguero de una niña y la taza de loza fría con restos de café que se rompe por descuido. Era LA mañana de Madrid y LA noche de un cabo del norte del país. Era fotos en blanco y negro y psicodelia adolescente. Y ganas de morir de amor. Y de pena. Él era la humedad, el rocío, las sonrisas robadas y el roce de una mano descuidada. Pensar en él era pensar en perros abandonados en cunetas perdidas, en bengalas de cumpleaños, estrellas vistas a través de la ventanilla del coche a oscuras, pulseras de juncos, moras, girasoles, calcetines rotos y cines. Oscuridad y calor. Él era el viento y flores en una terraza vieja. Bicicletas en abril y besos largos en agosto. Él era la lluvia.

Cuando llueve…

Abril 15, 2008

El agua, calle abajo, se lleva todo lo que la lluvia de ayer trajo y no consiguió borrar. La sonrisa en mi boca, mis botas de agua, el rojo de ayer y el azul de hace días, las amistades que ya no interesan. La lluvia trae gente con prisa y paraguas, amarga y eternamente cabreada. Cuando llueve, la gente me parece extraña, muy extraña, un poco como alienígenas de películas de serie B o Z; sus impermeables brillan como caparazones, las capuchas que esconden la cara, la ropa gris y sucia, todo cubierto de esa especie de baba extraña que es la lluvia. Cuando llueve, la gente corre, y en Madrid más que en ningún sitio, se empujan, se arrollan, tienen miedo de que el agua les arrastre y desaparezcan en una alcantarilla. Hay que tener cuidado con los caimanes de los desagües, ya sabes, el alcantarillado está lleno de peces de colores muertos, caimanes crecidos, tampones sucios y preservativos usados. Y eso sí que da miedo. Cuando llueve, la cama es más cómoda y caliente, amanece antes, nada apetece; las cafeterías se llenan, las tiendas hacen negocio, todo cansa y da pereza. Cuando llueve, el cielo es gris, pero yo lo veo blanco, está limpio, harto de la polución nos la devuelve en forma de lluvia ácida, nos lo merecemos. Cuando llueve, tengo ganas de escribir, muchas ganas, pero también tengo ganas de tocar la guitarra sin que duela y de perderme sin duelo entre la playa y el cielo…

Botas de agua #2

Abril 15, 2008

Botas de agua # 2

Se derriten los cristales, despacio, despacio. Los árboles detrás se ven deformes, se balancean, enormes péndulos de madera que oscilan, adelante y atrás. El agua resbala por el cristal, el viento sopla tanto que cambia el curso natural de las gotas al caer, dejan rastros babosos, densos, como gotas de miel. El tiempo está como tú y como yo. Tú y yo estamos como el tiempo, enérgicos, cambiantes e intensos; lástima que no coincidamos últimamente en periodo de anticiclón o borrasca. Te has ido, me dejas en la calle, con el sol iluminando la acera, unos auriculares que no funcionan, una cámara sin pilas en el bolso y un móvil sin batería en el bolsillo. Ahora estás lejos, sigue lloviendo, como ayer, y antes de ayer, y así desde que recuerdo. Por la noche no me importa, la luz naranja de Madrid hace que la sombra proyectada en mi techo de las gotas de agua en el cristal le den un aspecto galáctico a mi habitación, por el día es distinto. Puedo pasarlo sin más, pero hoy no tengo música, ni botas de agua, ni paraguas de cuadros, ni sonrisas en la cama al llegar. Hoy me he hecho yo la cama, hace un rato me he puesto a pensar en cuanto hacía que no me tocaba a mí estirar las sábanas y me he dado cuenta de que se puede medir en días, meses e incluso años. Quique González no me trae hoy Pájaros Mojados, pero no pasa nada, torres más altas han caído. Torres de Manhattan.