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La distancia adecuada

Junio 28, 2009

Supongo que parte del problema consiste en que nunca supimos a quién echarle la culpa. Yo, siguiendo mi línea habitual de pensamiento, me culpé diez segundos después de que nos besáramos y diez minutos después de verle dormir con una paz que me sorprendía a pesar del alcohol: al fin y al cabo era su cama, pero yo era otra; él era el extranjero de Cohen y yo intentaba hacer una de las de Miss Carousel sin éxito. Primero follamos con ese ansia etílica que nos hizo creer que al día siguente no recordaríamos nada, luego vi las marcas y quise huir, pero ya era demasiado tarde porque él estaba ocupado acostándose conmigo a las once de la mañana y haciéndome el amor a las doce. Para entonces yo ya había decidido que tenía que huir, antes de que me dieran ganas de pedirle un desayuno, un café, un retrato en color o su talla de camiseta.  A partir de ahí todo empezó a torcerse y yo sigo siendo de letras pero me gustan las rectas, no las curvas y esto cada vez parecía más una hipérbola que empezaba en San Vicente Ferrer y acababa en el Dos de Mayo. Que no había noche que no pensara en hacerme la adolescente y sacar las llaves del bolsillo para grabar aquello de “estoy en tu portal planeando una atrocidad“.  Pero todo era muy maduro y civilizado: él no pensaba en mí más de tres segundos al día y yo no hablaba de él más de cinco. Todo era muy maduro, digo, muy civilizado, hasta que dejó de serlo. Dejó de ser civilizado echar de menos las fotografía analógica, la ginebra y Lavapiés, que, joder, nunca me ha gustado. Dejó de ser maduro querer arrancarle los ojos al menos una vez a la semana y la piel a bocados una vez al día. Dejó de ser cierto eso de “paso tanto que anoche me follé a un tipo en un servicio (esta vez de verdad) y no lo hice por despecho, o por soledad”. Porque si era así, que tenía los ojos demasiado claros, el pelo demasiado rubio y el ombligo poco redondo para meter la lengua con calma. Dejó de ser algo evidente eso de que teníamos fecha de caducidad y fue bastante ya. Total, seamos sinceros, no sabía nada sobre el daño que me hicieron antes y no sabía que esto no me dolía todavía, pero sí que estaba demasiado ocupado para pensar siquiera en las heridas.

Ahora no le odio, lo nuestro nunca dio para más de ocho rondas de cerveza o siete de cubatas, pero creo que el 16 de julio seguiré pensando en él con más alegría que tristeza y ya será demasiado tarde para salvarme. Por eso lo he decidido. Se acabó esta vorágine de cervezas, pizzas, insomnios, resacas de domingo por la tarde, de sabado a mediodía, dolor de cuerpo, gelocatil, ibuprofeno y anticonceptivos.

Devuélveme el gato que era mío. Si te estás preguntando de qué gato estoy hablando, me refiero a ese gato hijo de puta que me dejó los brazos llenos de arañazos cuando pasé por tu casa a tomar café a las seis de la mañana.

WANTED

Febrero 19, 2009

Hoy mi cara sale en la mayoría de los periódicos. Soy la más buscada. WANTED. Bueno, yo y mis compañeros en esto. Y ella. Por supuesto. Ella fue la que lo inició todo y ya hace veintidós años que comenzó. Algunos dicen que empezó a finales de enero de 2009. La verdad no es esa. La revolución comenzó en Santiago. Jueves, 19 de febrero de 1987.

Años más tarde, la gente sale a manifestarse a las calles, en grupos de dos y haciendo el amor. También: follando en los servicios de las discotecas. En la radio no dejan de emitir aquel comunicado:

Se ruega a la población que permanezcan en sus casas y eviten, en la medida de lo posible, los barrios céntricos de la capital. No olviden que ellos vagan por las calles. No sabemos si van armados, pero son peligrosos. Una es incluso capaz de doblar el continuo Malasaña-tiempo, el continuo Huertas-tiempo y todas las curvas que separan Cuatro Caminos y su agujero del amor de Guzmán el Bueno en menos de diez minutos.

Yo no tengo miedo, aún no, ni ganas de quedarme aquí. No me importa que hoy en día yo y los míos estemos perseguidos por ley. Tengo que abandonar mi hogar, por eso he hecho este inventario de cosas que no puedo olvidar antes de salir. Ahora no recuerdo exactamente cuáles son mías y cuáles no, porque en algún momento aprendí que lo mío es suyo y lo suyo es suyo. Bueno, mejor meto cosas para las dos. Espero que mi bolso sea lo suficientemente grande:

- Móvil, para poner la alarma del día siguiente mientras aún estamos en el metro.

-Un bote de colacao, por si dormimos en casa de alguien y no tiene.

-Un libro de relatos de Raymond Carver.

-Entradas para conciertos del próximo mes: ocho al menos.

-Camiseta de Los Ramones.

-Foto de Calamaro.

-Llavero de Agag.

-Esmalte de uñas azul.

-El papel donde apunté el sueño aquél en el que Christina Rosenvinge nos perseguía y yo estaba tan asustada que lloraba sin descanso y ella tiraba de mí sin cansarse.

-La libreta con las páginas crujientes y pegadas por los restos de Four Roses.

-El documental I’m your man de Cohen.

-Mi nuevo DNI, donde se lee Berlín como primer nombre y Meine Liebe como apellidos. No lo leo bien, puede que en realidad ponga mainefliebe.

-Una vaca azul y amarilla.

-Un par de Converse viejas.

-Un bocata para el camino: queso y anchoas.

-Una lista de nombres de hombres que me regaló con mucho amor.

-Un par de planes nuevos para cada día de la semana. Importante: llevar bolígrafo para poder cambiarlos cada cinco minutos.

-Una módem inalámbrico, tenemos que conectarnos a internet cada día a las 08:55 aproximadamente. Hay que pasar lista y comprobar que todo está en orden.

–Los textos que le dediqué, los que ella me leyó, aquél que nos escribieron a dúo por ser las chicas más guapas de la ciudad.

Sé que cuando esto acabe nos reuniremos en los aeropuertos. Salgo de casa, vuelo, salto los escalones de tres en tres y estoy a punto de tropezar. Son las ocho y media y llego un minuto tarde, mierda. No importa, ella siempre llega después. Yo mientras me enciendo un cigarro y hago fotos a la gente que pasa, giro la cabeza cada vez que alguien aparece por la boca del metro de Tribunal, por si es ella con sus orejeras negras. No llega, no importa. Suena They don’t believe, tengo un nuevo mensaje: llego diez minutos tarde. Tiro el cigarro y enciendo el segundo de los muchos que seguirán esta noche. Cambio la batería de la cámara, y sigo haciendo fotos a la gente que folla en las esquinas, a los que hacen el amor en las aceras y los portales. Es el vigésimo segundo aniversario de la revolución y todos quieren celebrar. Pienso en la primera vez que la vi: camiseta azul de Bunbury, labios y dientes morados que indicaban demasiados litros de vino y una frase hiriente. La verdad es: nadie nunca conocía a A, ella te conocía a ti primero. Puede que en algún concierto que al que había ido sola y que había visto desde el escenario, puede que en una biblioteca donde sacaba libros cada semana, o incluso puede que a través de alguna página o foro de internet. Tenía tantos amigos que le era imposible acudir a todas sus citas. Cuando lo hacía, dejaba un rastro de entradas de cine, libros de Ray Loriga, analgésicos y un ligero olor a Nenuco.

Aplasto el segundo cigarro con mi zapatilla. Aparece con la cara congestionada. Miro a nuestro alrededor, pero nadie nos persigue. Llegamos. Corremos cuesta arriba, como siempre. Antes de abrir la boca para decir hola, me ha resumido su día en menos de diez segundos, ha pedido un tercio, admirado mi belleza esa noche y contado cómo ayer un granjero la invitó a cenar en algún pequeño restaurante de Chueca. En ese tiempo yo me he peleado con mi mechero sin éxito y me he limitado a observar cómo se coloca el flequillo unas tres veces cada diez segundos y cómo se quita la chaqueta, mostrando la camiseta de algún grupo de moda. Aquí se está bien. No podrán alcanzarnos, por si acaso hemos quemado nuestra casa, llena de ejemplares de Cuore atrasados que no queremos tirar nunca, y todos los textos que me enseñó a no desechar.

Repito, aquí se está bien. No sé en qué momento llegamos a meternos en toda esta vorágine. En el ojo del huracán todo son escritores que prometen, cantantes de moda, chicos con camisas de cuadros, gafapastas con estilo, conciertos indie, conciertos pop, conciertos punk, prosa, sexo y cerveza, mucha cerveza. Supongo que empezó con aquel taller de escritura y continuó con aquellos chicos que apostaban por una nueva literatura. Querían redactar un manifiesto, yo estoy en esto, ¿y tú?. Y yo no pude negarme porque con ella nadie puede nunca. Una vez entras en su radio de acción, ves los colores de aquella manera y olvidas que hay vida más allá de la noche del domingo.

Sé que vienen a por nosotros y no tengo miedo. No demasiado. Podría decir que un poco. Pero no demasiado. Sólo esa buena sensación de vacío bajo los pies, como cuando presientes que algo va a suceder y tienes miedo de romperte en mil trozos pero a la vez sabes que puede ser más que bueno, que puede ser lo mejor que nunca te va a pasar.

Oimos ruidos, están entrando, nuestros nombres retumban en el silencio. Es el momento, ¡ahora!. La agarro de la mano y salimos corriendo.

No me arrepiento de nada. En ningún momento lo hice. Esto es sólo una parte de nuestro pequeño diario desde la clandestinidad, escrito mano a mano en cada bar y rincón de Madrid.

Últimamente fumamos mucho, comemos poco y follamos lo que nos dejan. También compartimos confesiones, cada una en nuestro colchón, en ese momento en el que los ojos se cierran y la mente vaga en una especie de limbo no consentido: A, no sé si te he contado esta cosa rara que me pasa a veces con algunas personas, manías, como si fuese una debilidad. Por eso me cae bien la gente zurda, sonrío si veo a alguien escribir al revés… …Yo te elegí por eso, ¿sabes? Adoro a las tías que beben a morro y sin miedo.

El collar de perlas

Febrero 9, 2009

Aquel tipo llevaba dos horas escondido detrás de las cortinas. Rojas en contraste con el blanco y negro del salón, todo muy zen.  Una alfombra de cebra horrible, una mesa de cristal mate y un sofá de cuero negro, sobre el que colgaba una gran foto en blanco y negro de aquella zorra dándole la mano al Presidente. Se había colado en el piso cuatro horas antes y, después de registrar la casa, llenar de gotas de pis la taza y oler las delicadas bragas de encaje del cajón del dormitorio principal, se había calentado un té que encontró en una jarra encima de la mesa de la cocina. Con movimientos rápidos y discretos, movía las piernas para que no se le entumecieran y repasaba la escena una y otra vez. La había estado observando el tiempo suficiente como para saber que, al llegar a casa cada día, le gustaba lanzar los zapatos con energía sobre la alfombra -la cara del animal estática, los ojos como un cuadro de El Greco- y salir al balcón a fumarse un cigarro. Si había sido un día especialmente duro, abría el cajón, cogía la bolsita de marihuana de detrás de esas finas bragas y se aliñaba un cigarro con torpeza (a ella en la universidad se los pasaban hechos).

Conoció a Andrea en la cafetería de la facultad de letras, la que más alzaba la voz en aquella discusión sobre la muerte de Carrero Blanco y fumaba con avidez, apurando las caladas y pasándolo con demasiada calma. Andrea, la que presumía de ser ecologista, activista, comunista, anarquista, y todos los -istas que estuviesen de moda entre los que decían pasar de la moda en ese momento, ahora vivía en un loft en con una alfombra de cebra en mitad del salón. Una alfombra de esas que incluyen la cabeza, su hocico conservado como el primer día, obra del mejor taxidermista de Madrid. Y, qué ironía tan graciosa, en Claudio Coello, a escasas manzanas del 104, donde el coche voló por los aires hasta aterrizar en una azotea. Ella se reía aquella tarde, qué cabrón, seguro que fue lo más cerca que estuvo nunca de llegar al cielo, decía, y más risas y más tercios, que era lo barato. Eso y mixtos o pinchos de tortilla, y cuando venía contenta caía también una de bravas, que estamos de celebración coño. Y ahí estaba ella, con su sobrio traje de chaqueta, de un color que se adivinaba como gris en la foto, un maquillaje sutil y un collar de perlas que, si no se equivocaba, era el mismo que él le había pedido que se dejara puesto el día que follaron borrachos en casa de sus padres aprovechando un viaje a la sierra: sobre la mesa del comedor, en la cama que olía a su perfume y en la de sus padres, que apestaba a algo parecido a la naftalina o a las bolsitas de hierbas que su abuela ponía en los armarios de invierno en el pueblo. Le llamó de todo y le pidió que lo apretara con fuerza, mientras la montaba por detrás, con tanta violencia que por un momento pensó que la ahogaría, que moriría allí mismo sobre aquella ridícula colcha de raso verde con flores rosas y amarillas y bajo la mirada del cristo de madera que colgaba de la pared. Todo tan cutre, tan vulgar que rozaba el surrealismo. Cuando se corrió, ella se perdió en el baño con rapidez, y él aprovechó para limpiarse con la colcha. Fue después, mientras fumaba desnuda el porro que él había liado, cuando Andrea le confesó que ella a veces soñaba que volaba, pero no con miedo o delicadeza como es común. Soñaba que golpeaba las puntas de sus pies contra el suelo y salía propulsada, igual que Carrero -decía- igual, te lo prometo, y a veces lo veo en mis sueños, sobrevuelo la azotea y lo veo ahí pingando, bueno, no a él, lo que queda de él. Y veo dedos y un pie y lo peor de todo: un diente, un enorme diente gris de viejo.

Pensaba en la asociación de estudiantes y en el culo de Andrea, tan pequeño entre sus manos, cuando oyó las llaves en la cerradura. El ruido del bolso al caer al suelo, los zapatos que aterrizaron a escasos centimetros de sus pies, el chasquido del mechero y el golpe de la puerta del balcón al abrirse. Se acercó por detrás despacio y, antes de que ella tuviera tiempo para girarse y comprender, la empujó con fuerza, una mano en la espalda y otra en la nuca, agarrando con fuerza el collar que se rompió con un latigazo. Es curioso, pensó, tú tampoco estarás más cerca del cielo que esto. Saluda a Carrero Blanco de mi parte. Cerró la puerta con cuidado al salir. Nunca imaginé que desde aquí podría distinguir sus dientes en la acera.