Me prometiste que volverías. Eso dijiste. Volveré cuando el mundo se acabe, el mundo real, no el de las ideas. Yo compré mucho tabaco, mucho queso, litros de ron, un pase vip para los cines Renoir, otro para algún concierto de moda y un último pase vip para entrar en la bragueta de muchos tíos cada fin de semana. Antes de que te fueras, ya me lo había dicho a mí misma: yo también sé escribir una historia de amor. LA historia de amor. Esperé un tiempo escuchando “Buena suerte” de Los Rodríguez y luego alguna otra que me hizo pasar del llanto a la risa tan lento como el paso de los años según un baobab. Tuve miedo unas pocas veces. Cada noche. Cada dos horas. Cada tres minutos y cincuenta y siete segundos. Aproximadamente. No creas que no hice nada en todo este tiempo: las azoteas de la ciudad más seca del mundo se volvieron familiares. Y las terrazas. Los cafés. Los barés. Los pubs. Los peores tugurios. Y los servicios de los peores tugurios. Sobre todo los servicios. Tú no podías imaginarme así y sé que preferirías no hacerlo. Hubo chicos morenos más altos que yo que me apretaron con fuerza contra las barras. Con otros me escondí en los portales más negros de Malasaña. Me pagaron copas, me subieron el vestido y me quitaron la vergüenza. Hubo chicos flacos, fuertes, fibrosos, febriles chicos que insistieron en volver una y otra vez. Hubo muchos y a veces pocos, demasiado pocos.
A él lo conocí de otra manera. La primera vez que vi su ombligo eran las cinco de la tarde de un martes de marzo. Sólo él descubrió mi bolsa de fotos debajo de la cama. La diadema que dejo siempre en la mesita, encima del montón de libros por leer. Y mis lunares. No me preguntó por qué tengo en la ventana una maceta muerta desde que llegué al piso. El chico de los dedos largos, la lengua rápida y las caricias lentas. El de la voz suave y las piernas largas.
Tú me prometiste que volverías. Pero yo no prometí esperarte. Y yo no quería esto.
Yo sólo quería escribir una jodida historia de amor.





