Posts Tagged ‘amor’

Adios corazón

Julio 2, 2009

Deluxe era el invierno. Tercios de Estrella Galicia, libros de Bolaño a las 19.30 en el Palentino mientras esperaba a que llegase el reflejo adecuado en el espejo, entre Casto y Julian y esa tele, entonces solitaria y hoy decorada con un papel escrito a mano donde pone Gazpacho casero

Ocho y Medio era el invierno. Noches entre semana en el Wurlitzer, conciertos en la Costello, La pequeña Bety. Malasaña y Nasti, Malasaña y Bukowski, Malasaña y Lolina.

La primavera eras tú. O no eras tú. Era una amiga que brillaba al sol incluso pasadas las tres de la mañana. Y botellas de bourbon. Y domingos con literatura de baja calidad, pero divertida e intensa. La primavera eran Polaroids, llantos entre mis brazos, peleas por ver quién de las dos quería más y mi excepcional sentido de la orientación. Raves en Murcia, un kebab en la Plaza del Carmen y un tranvía a la Malvarrosa que me confesó algo que ya sabía y me hizo contar algo que no debía.

La primavera eran todos aquellos hombres que nos rompieron el corazón.

El verano son todos aquellos hombres que no podrán rompernos el corazón.

Yo no sé escribir una jodida historia de amor

Enero 29, 2009

Me prometiste que volverías. Eso dijiste. Volveré cuando el mundo se acabe, el mundo real, no el de las ideas. Yo compré mucho tabaco,  mucho queso, litros de ron, un pase vip para los cines Renoir, otro para algún concierto de moda y un último pase vip para entrar en la bragueta de muchos tíos cada fin de semana. Antes de que te fueras, ya me lo había dicho a mí misma: yo también sé escribir una historia de amor. LA historia de amor. Esperé un tiempo escuchando “Buena suerte” de Los Rodríguez y luego alguna otra que me hizo pasar del llanto a la risa tan lento como el paso de los años según un baobab. Tuve miedo unas pocas veces. Cada noche. Cada dos horas. Cada tres minutos y cincuenta y siete segundos. Aproximadamente. No creas que no hice nada en todo este tiempo: las azoteas de la ciudad más seca del mundo se volvieron familiares. Y las terrazas. Los cafés. Los barés. Los pubs. Los peores tugurios. Y los servicios de los peores tugurios. Sobre todo los servicios. Tú no podías imaginarme así y sé que preferirías no hacerlo. Hubo chicos morenos más altos que yo que me apretaron con fuerza contra las barras. Con otros me escondí en los portales más negros de Malasaña. Me pagaron copas, me subieron el vestido y me quitaron la vergüenza. Hubo chicos flacos, fuertes, fibrosos, febriles chicos que insistieron en volver una y otra vez. Hubo muchos y a veces pocos, demasiado pocos.

A él lo conocí de otra manera. La primera vez que vi su ombligo eran las cinco de la tarde de un martes de marzo. Sólo él descubrió mi bolsa de fotos debajo de la cama. La diadema que dejo siempre en la mesita, encima del montón de libros por leer. Y mis lunares. No me preguntó por qué tengo en la ventana una maceta muerta desde que llegué al piso. El chico de los dedos largos, la lengua rápida y las caricias lentas. El de la voz suave y las piernas largas.

Tú me prometiste que volverías. Pero yo no prometí esperarte. Y yo no quería esto.

Yo sólo quería escribir una jodida historia de amor.

Redención

Diciembre 17, 2008

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Golpéame. Tengo una Canción antídoto en el bolsillo y un cuatro de enero en el abrigo. Yo solía besarte en los estadios y solía tener mucho cuidado. Nada era imposible y jugábamos a bañarnos en una piscina, una tarde de julio llena de calima, polvo y camino. Me besabas en la parte de atrás del coche, debajo de un olmo. Podía ver la prisa en tus dedos y las luces de una ciudad y su campus reflejadas en tus ojos. Tú intuías mi miedo así que prometiste no dejarme caer, ni ahora ni nunca. Yo sonreí, prometí escuchar siempre Hip Hop y nunca soltar tu red. Tú confiabas en mis palabras y, créeme, entonces yo también. Nunca planeé la boda o el bautizo. Ni Londres. Aunque eso vino después. Mucho después. Cuando creías que ya no podíamos hacer nada, te empeñaste en cerrar los ojos y en comprarme una parcela de Londres, en Russell Square, aunque yo te había dicho que algo no iba bien. Ni te molestaste en averiguar que prefiero St. John’s Wood o Baker Street. Yo te había querido desde casi antes de conocerte. Siempre llegaba la primera a clase y nunca te lo dije, pero te esperaba cada mañana sentada en tu mesa, mirando por la ventana y colocándome el pelo con mucho cuidado. Mimaba cada frase, te regalaba mis miradas y mis minutos de gloria. Tú empezaste a quererme en primavera, con las flores. Te avisé antes de que fuera demasiado tarde: empieza a no tener sentido. Empiezo a no querer verme más ni en tus ojos ni en tus dedos. No quiero leer palabras de tu boca. Me aburren. Me aburres. Te lo dije, te dije que ahora tenía notas por debajo de la puerta, que tenía una guitarra nueva, que mis noches duraban ahora hasta el amanecer, que me gustaba Portishead, que ahora hablaba de libros. Pero tú no quisiste hacerme caso. Y sólo queda el eco de los aplausos.

A pesar de todo, te regalo esta redención. Esta carta antídoto para las noche frías de Londres.