
Deluxe era el invierno. Tercios de Estrella Galicia, libros de Bolaño a las 19.30 en el Palentino mientras esperaba a que llegase el reflejo adecuado en el espejo, entre Casto y Julian y esa tele, entonces solitaria y hoy decorada con un papel escrito a mano donde pone Gazpacho casero.
Ocho y Medio era el invierno. Noches entre semana en el Wurlitzer, conciertos en la Costello, La pequeña Bety. Malasaña y Nasti, Malasaña y Bukowski, Malasaña y Lolina.
La primavera eras tú. O no eras tú. Era una amiga que brillaba al sol incluso pasadas las tres de la mañana. Y botellas de bourbon. Y domingos con literatura de baja calidad, pero divertida e intensa. La primavera eran Polaroids, llantos entre mis brazos, peleas por ver quién de las dos quería más y mi excepcional sentido de la orientación. Raves en Murcia, un kebab en la Plaza del Carmen y un tranvía a la Malvarrosa que me confesó algo que ya sabía y me hizo contar algo que no debía.
La primavera eran todos aquellos hombres que nos rompieron el corazón.
El verano son todos aquellos hombres que no podrán rompernos el corazón.





