Un auténtico festival para los sentidos. Eso era ella. Recuerdo haberla olido antes de que llamase a la puerta, jodiendo la siesta que en ese momento me echaba detrás de la mesa del despacho, una mano en las pelotas y la otra colgando del brazo del sillón. En mi camiseta y en la mesa aún había restos de comida basura y manchas de Bourbon y mis pantalones tenían un brillo grasiento que ocultaba sobremanera que habían vivido días mejores. Algo parecido me ocurría a mí.
Se llamaba Beatrix, aunque de vez en cuando se dejase llamar Betty y otras muchas cosas. La pequeña Betty de colegio de monjas, con sus bailes y cines con carabina, sus amigas, sus meriendas los domingos en Mallorca. Tuvo una puesta de largo con canapés variados y caramelos de violetas de La Pajarita. La pequeña Betty ya no es tan pequeña. Lo primero que llego a ver es un pie de uñas rojas enfundado en un zapato de salón del mismo color con abertura. ¡Qué conjuntada!. Me apuesto lo que sea que esta zorrita llevas las bragas del mismo color. Seguro que eso no son pantys, son medias de nylon sujetas por ligueros negros. Intento pensar en otra cosa antes de que mi amigo se alegre más de lo debido y ella vea que no sólo el buen gusto escasea en este despacho. Su falda de raso es rotundamente corta y se ciñe a su culo lo suficiente como para que a su madre le de vergüenza ir con ella por el barrio de Salamanca. A Betty no le importa. Dios, vaya culo. No es un culo. Es un culo bajado del puto cielo. Es como si dios hubiera decidido crearlo el séptimo día y hubiese pasado de descansar. Sus pechos luchan por escaparse de una blusa dos tallas menor de lo debido. Con cada paso bailan, se balancean al compás del taconeo. Busco en vano imágenes bizarras que me distraigan y lo primero que me viene a la mente es la portera. Esa mujer es la antítesis de la lujuria, con sus batas sintéticas de flores, siempre sucias y con una sisa tan ancha que casi se le pueden ver las tetas por debajo del brazo. Siempre con olor a lejía y arena para gatos, restos de esmalte naranja, de sombra de ojos verde. Más vello de lo normal en la cara. Sobre todo en la barbilla, donde apuntan esos tres pelos blancos duros que nunca se quita. Bueno, respiro hondo. Parece que ha funcionado. La saludo formalmente, me llamo Arturo, ¿y usted?. Tutéame por favor. Me llamo Beatrix, aunque puedes llamarme Betty. Se enciende con calma un cigarro y antes de poder evitarlo, siento como paso de la erección a la eyaculación en tan solo diez segundos. Mierda. ¿Qué clase de hombre soy? Normal que ni la portera accediese a acostarse conmigo una segunda vez.





