PAPIROFLEXIA
He intentado escribir una historia muy buena, luego una buena, después una decente y más tarde una historia, a secas. Me he dado cuenta de que no funciona, así que me limito a escribir una de mis historias, una de un rey y su barco:
Un rey tenía todo lo que se pueda desear: tenía una preciosa corona, un majestuoso palacio y un gran reino. Era dueño y señor de un gran número de tierras y siervos, pero echaba algo en falta. Un buen día decidió dejarlo todo, se montó en su barco y salió a navegar. Pasaron semanas y su velero encalló en un playa, el rey buscó refugio en vano, durmió bajo las estrellas y …, bueno, no soy capaz de recordar como seguía el cuento.
No importa porque lo fundamental no es eso sino el brillo de tus ojos en aquella esquina, sentado en la acera con las piernas cruzadas, la chaqueta colgando del hombro y la lengua lenta y densa. El color en las mejillas al mirarme y la sonrisa cuando subías la cuesta conmigo de la mano. Lo importante no es el hecho de que no recordases qué venía después, o que confundieses el orden de los elementos, lo fascinante es el esfuerzo que habías hecho durante horas aprendiendo papiroflexia para sorprenderme con eso a las cinco de la mañana, borrachos y oscilantes, apoyados en la pared; el esmero con el que habías doblado el papel y lo habías metido en el bolsillo, esperando el momento adecuado.
Hoy he abierto el cuaderno amarillo, el que uso para escribir y, buscando una forma de perder el tiempo hasta que la inspiración llegase, me he puesto a hojear empezando por el final. Allí, entre las dos últimas hojas, ha aparecido el pequeño rectángulo blanco, ligeramente azulado por la tinta de tus vaqueros, doblado y doblado mil veces. También he encontrado el corazón que me trajiste el día que estuve enferma, hecho con la servilleta llena de grasa de un bar, el poema que escribí cuando te fuiste de la cama entre gritos, y la lista de fobias que hicimos aquella noche que un apagón de tres horas nos obligó a sentarnos desnudos en la cama quietos, fumando y jugando a inventar nombres de animales imaginarios: cocoriquita (cocodrilo-mariquita), canguerro (canguro-perro) y pingüilla (pingüino-ardilla).
Mientras me agarraba las rodillas, me he sentado muy tiesa porque eso siempre hace que las lágrimas no se escapen cuando se me empiezan a abrir las aletas de la nariz y los ojos comienzan a picar.
A veces no surte efecto.
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Julio 11, 2008 a 3:18 pm
Y luego dices que no vales para esto… para matarte!!
Seguiré de cerca tu blog, me gusta como escribes
Agosto 14, 2008 a 4:46 am
Una hermosa relación, unma hermosa vida, quiciera ya tenerte para poder compartir esos momentos, tu y yo, contandome en el borde de un abismo todo lo que se siente estar asu lado, quiciera`poder abrazarlos a ambos y entregarme en la mas sincera amistad que me sea posible en el momento, quiciera también tomarles fotografías en ese monte doblando papelitos, y quien sabe, algún día doblar algún papelillo y entregarlo enrrollado con la mejor de mis intenciones.
Aquel hombre de la Barca, podría jçhaber no encointradio re3fugio, pues podría no haberlo necesitado, porque le bastaba con el refugio de tu habitación y con el manto de estrellas que lo fué cubriendo todo con una capa negra y transparente. Quizas ese hombre podría haber consrtruido su morada en el mismo espacio, quizas ese hombre podría haberte invitado luego a compartir lo que se siente tener el universo en las manos para entregarlo a quien mas amas. así he vivido yo, pero solo.
Espor eso que a veces quiciera tener siquiera a alguien que entienda estas cosas para poder entregarselas. Sin amor, pues hay solo una a quien amo. Ella.
Un beso. Eder.